Forjar armas medievales

Una jornada muy particular

En Catalunya todavía podemos disfrutar de talleres para forjar armas medievales, hachas vikingas, espadas y cuchillos o, incluso, tomahawks indios.

Por Josep Maria Serra

En todas las películas sobre la edad mediana aparece un herrero. Acostumbra a ser un tipo grande, fuerte, simpático y a menudo uno de los buenos. Es el que forja las espadas, el que hierra los caballos y casi siempre tiene un ayudante avispado. Hace años que el oficio de herrero ha pasado a ser muy minoritario y se circunscribe a herrar caballos o hacer ventanas de hierro para proteger las casas. Pero todavía hay lugares dónde podemos forjar armas medievales.

Estamos en Ripoll con el sueño todavía detrás las orejas. En las puertas del taller de Fantastic Factory hay unas cuantas personas. Una de ellas tiene el aspecto de ser el “herrero de la película” y no me equivoco. Lo es. Otro de los presentes es, oh sorpresa, mi médico de cabecera. “Si nos hacemos daño estaremos bien atendidos”, pienso. Parece que ya estamos todos, y pasamos dentro de donde los monitores se presentan y nos dan un puñado de explicaciones, sobre todo de seguridad. Trabajaremos con hierro al rojo vivo que está cerca de 1.000 grados de temperatura. Hay que ir con mucho cuidado.

Una vez dentro pienso “¿què hago aquí?”, y esto que todavía no he empezado. Suerte que desde el primer momento se ve que hay muy buen ambiente. Nos vestimos con unos delantales de cuero para protegernos de los chispazos, nos dan unos guantes y unas protecciones para la cara. Vamos a forjar armas medievales, la mayoría del grupo hará hachas vikingas, yo he decidido forjar un cuchillo.

 

Forjar una hacha

 

Después nos acercamos al fuego y allí nos explican cómo irá la cosa. En pocas palabras se trata de convertir un trozo de hierro rectangular y grueso en una arma afilada. A estas alturas me parece algo  imposible, pero tenemos que confiar en la experiencia del que lo explica. Spoiler: lo conseguimos todos en el tiempo previsto.

El monitor nos da el hierro que tendremos que transformar y nos dice que, por turnos, lo metamos dentro el fuego hasta que se ponga al rojo vivo. Mi hierro es algo más pequeño que el de los otros. Cuando le doy el primer golpe de martillo y veo que casi ni se inmuta a pesar de estar al rojo vivo, tengo el convencimiento que he hecho bien al elegir una pieza más pequeña. Como que el hierro solo se tiene que picar cuánto está muy al rojo y está en este estado tan solo entre 15 y 30 sugundos, es un no parar de gente yendo de la forja al yunque y viceversa. Forjar armas es una tarea compleja, esto empieza a estar claro.

A golpes de martillo

El ruido que hacen los martillos es considerable y el calor que desprende la forja también. Quiero decir con esto que esta no es una experiencia cómoda, pero si gratificante. En un par o tres de horas de meter los hierros al rojo vivo y de golpearlos, estos empiezan a coger un poco de forma. Posiblemente lo primero que empieza a tener forma es mi futuro cuchillo. A las hachas les cuesta más puesto que hay que mover mucho material de un lado al otro a golpe de martillo. En este punto todos tenemos la cara, las manos y los brazos sucios de hollín, y los dedos bastante doloridos. La mayoría no  estamos acostumbrados a pasar la mañana clavando golpes de martillo, y se nota.

 

Después de comer en un restaurante próximo volvemos al trabajo. A mí ya me queda poco rato para golpear. Una horita o dos. Veo los compañeros, que ya tienen la cara cansada, que todavía les queda un buen rato, a pesar de que algunas piezas ya empiezan a tener una forma que puede parecer una hacha. Cuando acabo de picar paso a afilar el cuchillo con una radial. Es divertido, pero más complicado de lo que me hhabía pensado en un primer momento. No sé cuánto rato hace que estoy sacando chispazos, cuando otros compañeros de taller empiezan a hacer lo mismo con las hachas.

La hora de finalizar los trabajos va llegando y ahora hay que preparar los mangos para las hachas y el cuchillo. Todos hacemos cara de satisfacción por el trabajo hecho y un poco de incredulidad por haber sido capaces de forjar armas medievales. Cuando salgo del taller con mi cuchillo bajo el brazo  y cojo el coche para volver a casa, lo primero que me viene a la cabeza es la ducha que me espera.

Ves a l’experiència

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *